Del voto a la agencia: el verdadero reto de la participación juvenil
COLUMNA DE OPINIÓN
Del voto a la agencia:
el verdadero reto de la participación juvenil
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Más allá de la profunda polarización y de las tensiones propias de una contienda electoral reñida, las más recientes elecciones presidenciales en Colombia dejaron una señal que merece ser destacada: la participación electoral alcanzó su nivel más alto en la historia del país.
Según la Registraduría Nacional, en 2026 para la segunda vuelta votó el 63,3 % de las personas habilitadas para hacerlo, una cifra sin precedentes que refleja el compromiso de millones de colombianos con la democracia, incluso en medio de un contexto marcado por la incertidumbre y la confrontación política.
En un contexto nacional y global marcado también por la desconfianza institucional y la apatía política, las cifras de participación abren la puerta a una interpretación alentadora: es posible que una mayor proporción de jóvenes entre los 18 y los 28 años haya decidido informarse, debatir y ejercer su derecho al voto. De ser así, estaríamos ante una señal relevante para la democracia colombiana, pues refleja el interés de una nueva generación por incidir en las decisiones que marcarán el futuro del país.
Durante años se ha insistido en la idea de que los jóvenes están cada vez más desconectados de la democracia.
Sin embargo, los hallazgos de la encuesta Jóvenes en Sociedad, publicada a comienzos de 2026, sugieren una realidad más compleja. El 61 % de las personas jóvenes consultadas afirmó que la democracia es importante, aunque solo el 20 % manifestó estar satisfecho con su funcionamiento. Lejos de rechazarla, las juventudes parecen distinguir entre el valor de la democracia como sistema y las profundas limitaciones que perciben en la manera como esta opera hoy.

La misma encuesta revela, además, que las y los jóvenes sí están dispuestos a involucrarse cuando sienten que las decisiones en juego afectan directamente su presente y su futuro. Esta es, sin duda, una señal alentadora. Sin embargo, no basta con que la participación aumente en momentos electorales o coyunturas específicas. El verdadero desafío consiste en construir las condiciones para que las juventudes encuentren canales permanentes de incidencia, representación y diálogo, fortaleciendo así una relación más profunda y sostenible con la vida democrática del país.
Una democracia fuerte no se construye únicamente el día de las elecciones. Se construye en todo aquello que ocurre entre una elección y la siguiente. Por eso, la pregunta que deberíamos hacernos ahora no es solamente cómo lograr que más jóvenes voten en los próximos comicios, si no cómo lograr que más jóvenes puedan ejercer su agencia en la cotidianidad, durante sus trayectorias de vida.
Desde mi experiencia, entiendo la agencia como la capacidad que tienen las personas jóvenes de imaginar un futuro posible para sí mismos y para los demás, construir un proyecto de vida, tomar decisiones informadas, colaborar con otros, influir en las decisiones que afectan su entorno y convertir aspiraciones en acciones concretas.
Desde mi experiencia, entiendo la agencia como la capacidad que tienen las personas jóvenes de imaginar un futuro posible para sí mismos y para los demás, construir un proyecto de vida, tomar decisiones informadas, colaborar con otros, influir en las decisiones que afectan su entorno y convertir aspiraciones en acciones concretas.
Y cuando observamos algunas experiencias recientes en ciudades como Barranquilla, Bogotá o Yumbo encontramos pistas sobre cómo promover esta agencia juvenil. Fundación Corona ha trabajado por varios años en esas ciudades con aliados clave: públicos y privados, a través de iniciativas territoriales. Allí hemos conocido historias de jóvenes que organizan de manera autónoma espacios de deliberación ciudadana, co-construyendo con otros jóvenes, incidiendo en la agenda de actores públicos y privados, contribuyendo al diseño e implementación de políticas públicas, liderando proyectos de transformación desde sus instituciones educativas, promoviendo iniciativas de apropiación de ciudad, impulsando emprendimientos con propósito social y construyendo redes de colaboración entre distintos territorios.
Gracias a estas experiencias territoriales hemos tenido tres grandes aprendizajes: cómo florece la participación de la juventud, cómo se sostiene y qué necesita para comenzar. Aprendimos, por ejemplo, que la participación juvenil florece cuando está realmente conectada con problemas concretos de la vida cotidiana en un territorio y con dolores que afligen a la juventud.
Aprendimos también que las juventudes se involucran más cuando los espacios de toma de decisiones, cooperación y construcción colectiva tienen que ver con la posibilidad de acceder a oportunidades de empleo, educación, salud mental, espacio público, así como oportunidades económicas o con el bienestar de sus comunidades. Aquí, garantizar que haya tiempo suficiente para involucrarse, participar, enamorarse de los procesos de diálogo para atender esos retos que más les duelen, es fundamental.
Descubrimos que la participación sostenible de las juventudes no surge simplemente porque existan mecanismos formales de participación; esta surge cuando los jóvenes desarrollan capacidades, encuentran oportunidades reales para incidir y perciben que las instituciones están dispuestas a escuchar y responder sus llamados.
Cuando un joven propone y nada cambia, la emoción que queda no es de satisfacción con la participación, sino la frustración a la no respuesta a pesar de su involucramiento. Por eso la responsabilidad no puede recaer solo en la juventud. Alcaldías, gobernaciones, sector privado y organizaciones sociales tenemos que pasar de la consulta simbólica a la incidencia real, con espacios que tengan recursos, seguimiento y resultados visibles.
De todos, el hallazgo más importante es que la participación ciudadana no se limita a votar ni comienza con el primer voto, si no mucho antes.
Empieza cuando un adolescente descubre que su voz tiene valor y que importa; cuando participa en una iniciativa colectiva que hace parte de su cotidianidad y siente que tiene capacidades para generar confianza en quienes le rodean, sobre todo entre sus pares; y finalmente cuando descubre que puede influir sobre aquello que ocurre en entorno, su colegio, su barrio o su comunidad.
Es por esto por lo que resulta difícil hablar de participación juvenil sin hablar de educación media. Los grados décimos y once son el momento en que las personas jóvenes definen sus aspiraciones, exploran opciones y toman las primeras decisiones que marcarán su trayectoria de vida. Es también la etapa en la que muchas, por falta de orientación, referentes positivos en su entorno, u oportunidades, se desconectan del sistema educativo y, con frecuencia, de la esfera de lo público.

Si queremos construir una democracia más sólida, debemos empezar por fortalecer la capacidad de agencia de los jóvenes durante los años en que construyen y afinan su identidad, sus ideales y sus proyectos de vida, y para ello se hace necesaria y urgente una educación media fortalecida y obligatoria, que comience a transformar creencias, narrativas y comportamientos sobre el valor de participar en lo colectivo, formando ciudadanos y ciudadanas con capacidades y motivaciones para discernir, decidir, deliberar y actuar.
Es vital que las juventudes, al atravesar sus procesos naturales de construcción de identidad, puedan encontrar en el hecho de ser agentes de cambio y participantes activas de la vida pública, valores que suman beneficios sociales, culturales y hasta económicos a sus trayectorias de vida. Aunque lo anterior se plantea como un reto grande, la buena noticia es que ya existen experiencias, capacidades e innovaciones de las cuales podemos aprender. La mala noticia, es que todavía seguimos tratando la participación y agenda juvenil como un tema sectorial y no como uno de los grandes desafíos estratégicos para el futuro del país.
Los jóvenes ya cumplieron con una parte de su responsabilidad: salieron a participar más que en elecciones pasadas. Votaron. Opinaron. Se movilizaron. Ahora nos corresponde a nosotros. Porque el futuro de la democracia colombiana dependerá menos de cuántos jóvenes voten cada cuatro años y más de cuántos jóvenes tengan, todos los días, las capacidades, las oportunidades y la confianza para construir el país que imaginan.








